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Escritores y Pinochet

por Diego Muñoz Valenzuela

 

Me advierten amigos bien intencionados que no vale la pena invertir tiempo y esfuerzo en darles más protagonismo a escritores que en el pasado próximo no se caracterizaron por haber hecho una defensa apasionada de las libertades civiles, la cual habría puesto en serio riesgo su vida tranquila, y - más grave aún - el reconocimiento ganado en una asepsia cómoda y plena de sentido de la oportunidad. Creo que tienen razón, y que es mejor no malgastar palabras en ellos; Luis Sepúlveda ya ha contestado con eficacia, demostrando una vez más que a su calidad como escritor agrega una posición digna e independiente que no privilegia la comodidad. Pero el tema renace de otro modo en un artículo reciente del semanario Qué Pasa, el cual merece un examen más exhaustivo, porque de su lectura podría desprenderse que los escritores tuvieron una actitud favorable o neutra hacia el régimen de Pinochet, lo cual, por decir lo menos, es injurioso, grotesco, y falso hasta los tuétanos.

 Yo pertenezco y perteneceré siempre a ese grupo de escritores que se formó como tales en medio del imperio del fascismo, lo cual no sólo era sinónimo de censura y falta de medios de comunicación libres, sino que de desaparición, tortura y muerte, que no eran un susurro o una posibilidad teórica, sino que una realidad próxima, horriblemente cercana. En esos días ominosos y terribles, sobre todo en los primeros años, la Sociedad de Escritores de Chile, presidida por Luis Sánchez Latorre, jugó un rol libertario que aún no se ha reconocido en todo su espléndido valor. En aquella época de emergencia, la SECH convocaba a una amplia variedad de escritores de valía en torno de la lucha antidictatorial. Al parecer el retorno de la democracia fue su peor enemigo, ya que los partidos políticos (o al menos su parte activa en el gremio), animados de un sectarismo anacrónico, y potenciados en algunos casos por intereses y frustraciones personales, se ocuparon en destruir los avances logrados en términos de amplitud, imagen pública, y presencia en el medio propiamente literario. Pero en esos años difíciles, la SECH jugó un rol que requirió gran osadía y capacidad de articular los esfuerzos de escritores de las más diversas posiciones ideológicas.

Bajo el alero de la SECH, a mediados de los 70, se formó la Unión de Escritores Jóvenes (UEJ) gran protagonista de las Semanas por la Cultura y La Paz, una de las primeras manifestaciones culturales de resistencia contra la dictadura. Allí conocí a Gregory Cohen, a la siempre extrañada Bárbara Délano, a Antonio Gil, entre muchos otros valores emergentes. En paralelo surgió la actividad de los talleres literarios universitarios, ligados a la Agrupación Cultural Universitaria (ACU), donde trabé amistad - entre otros tantos escritores de valía - con Sonia González y Esteban Navarro. Luego, en los 80, vino el turno del Colectivo de Escritores Jóvenes (CEJ), donde conocí a Ramón Díaz Eterovic, Pía Barros, Teresa Calderón, Jorge Montealegre, Carmen Berenguer, Pedro Lemebel, Aristóteles España, Eduardo Llanos, José María Memet, además de muchos de los mencionados, entre varias decenas de poetas y narradores. La experiencia del CEJ fue múltiple, activa y centrada en lo literario, pero también integrada a la lucha por las libertades civiles, lo que fue un elemento dinamizador de la SECH, donde finalmente confluyeron múltiples iniciativas y experiencias que establecieron puentes amplios y sólidos, haciendo posible el encuentro de diferentes generaciones, opciones estéticas e ideológicas. Lecturas públicas de gran resonancia, como los encuentros Chile Francia o Todavía Escribimos, liderados por Fernando Jerez, Poli Délano y Carlos Olivárez son excelentes ejemplos de esta amplia confluencia de generaciones, estilos, estéticas y temáticas, bajo un claro signo de oposición a la dictadura militar.

De esa confluencia surgieron encuentros, talleres, revistas artesanales, antologías, hojas de poesía, recitales. Varias veces, en pleno imperio del toque de queda y de la plena acción de los servicios de inteligencia, efectuamos vigilias artísticas en la Casa del Escritor, desafiando abiertamente a la dictadura. Hacer una lista de los nombres de los escritores sería tarea larga y tediosa, pero puedo decir que decenas de escritores sostuvieron una posición digna y firme en la lucha por la defensa de la libertad y afrontaron los riesgos que esto significaba sobre todo en los primeros años, donde muy pocos se atrevían a alzar su palabra cuando el imperio de la barbarie carecía de contrapartidas. Mencionar a algunos de los que ya no están con nosotros es de toda justicia: Juvencio Valle, Diego Muñoz (mi padre), Humberto Díaz Casanueva, Jorge Teillier, Rolando Cárdenas, Martín Cerda, Enrique Lihn, Mila Oyarzún, Mario Ferrero, son nombres que merecen un reconocimiento especial a la hora de los recuentos.

Que no se piense entonces que unos pocos escritores que convivieron en distintos grados con el régimen de Pinochet y sus colaboradores, o que se muestran vacilantes y confunden el enemigo en esta etapa donde se advierte la posibilidad de que se haga justicia con los horrorosos crímenes de nuestro fascismo criollo, vayan a empañar la actitud férrea y plena de coraje que la inmensa mayoría de los poetas y narradores exhibió en los años más difíciles de este siglo que termina. No importan las diferencias que hoy podamos tener en cualquier materia, estuvimos de acuerdo en lo esencial, ponernos del lado de los que sufrieron las consecuencias del holocausto, y mantenernos lejos de los cócteles ensangrentados y de los alfombrados salones donde se convivía entre la asepsia, el silencio o la neutralidad. Esta decisión, mostrada en los hechos, aquí en Chile, en los momentos más difíciles, nada tuvo de maniqueo para quienes siempre hemos concebido la literatura como un gran juego muy serio - citando a Cortázar - no como un terreno para el proselitismo bobo o para los balbuceos lingüísticos, ni menos como la autopista apropiada para una carrera de jamelgos en pos del premio de la fama o de la super venta.

Si bien la labor del auténtico escritor es una labor silenciosa y solitaria, asentada en sus obsesiones, no es menos cierto que goza de gran autonomía y libertad de pensamiento, y que es capaz de salir a la palestra cuando es necesario, cuando las exigencias de la vida social obligan a establecer un paréntesis en esa relación distante con el mundo real. Eso hicimos muchos durante la dictadura, desafiando cada cual desde su posición al orden represivo, sin más armas que el conocimiento, el lenguaje y la inteligencia. Si la castración intelectual de Chile prosigue su curso, establecida sobre el imperio de un consenso fundado el olvido y la injusticia, en el falseamiento de la historia, en el temor a los poderes ocultos, en el predominio de una lógica neoliberal impregnada de fascismo y desprovista de genuinos valores liberales, volveremos a levantar la voz para intervenir en la coyuntura. Por ahora, al menos para decir que en este país hubo decenas de escritores valiosos, dignos y valientes que supieron arriesgarlo todo en la lucha por la libertad, y que la ignominia o la debilidad de unos pocos no debe entenderse sino como una excepción lamentable. Hay muchos escritores cuyo silencio desde el precario retorno a la democracia ha sido voluntario; tiempo de observación, de reflexión, de escritura, pero no de ausencia ni de distancia. Tal vez, como lo fue antes, sea preciso terminar con ese silencio.


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