Presentación de

Historia de la Literatura Chilena, de Maximino Fernández Fraile.

Por Juan Antonio Massone

Las conjugaciones de todos los verbos se integran en el infinitivo de vivir. Del mismo modo, las historias particulares encargadas de presentar lo humano en calidad de núcleo y razón de ser, pueden resaltar, de un modo inmejorable, las vicisitudes y venturas de nuestra especie. Es así como la que traza los pormenores y capítulos que jalonan la aparición, desarrollo, clímax y ocaso de los énfasis expresivos literarios ofrece un repertorio siempre renovado de la palabra y del silencio. Porque la palabra es sonido trazado en la curva del silencio que sabe confirmarla en el contraste y acentuar sus acepciones al correr de la peripecia humana. Lo sabemos: porque existe el lenguaje es dable a los sucesos y a las anécdotas estatuir una historia.

Dado que, cuando viajamos, no quedamos satisfechos con la visión del camino exterior, necesitamos decírnoslo en la sensibilidad, acogerlo en una memoria afectiva o proyectarlo hacia lances y desafíos en que la imaginación acude con su séquito de lo eventual, porque cada quien es viajero nutrido de nostalgias y de propósitos que necesita decir a sí y a los demás. ¿Cuál es el fundamento de esto? Acaso sea el motivo de que sólo la palabra termina por confirmar de modo indeleble aquello que sabemos, que recordamos o que anhelamos. Mientras no acuda el vocablo, los gestos e intenciones—la mayoría de las veces—pueden ofrecer inestabilidad, duda, exceso de conjetura. De ahí que algunas experiencias fundamentales esperen siempre de la confirmación idiomática. ¿Quién, entre cuantos experimentan los ramalazos y fulgores amatorios, deja de esperar en las palabras la reiteración del amor que se le profesa y, al mismo tiempo, la necesidad de reiterar, a su vez, el amor que le provoca alguien?

Hijos de la palabra y amantes de la belleza, vamos por el mundo al mismo tiempo que acogemos sus réplicas en una sucesión de presentes. Porque cada vez que alguien o algo alcanza nuestro ser, lo toca y lo enciende de interés, ello quiere significar que ese alguien o ese algo se ha transformado en una presencia. Y quienes se experimentan vivos lo están de verdad en la misma medida en que despiertan, gustan, atienden, se interesan hasta amar aquella porción del universo que trae sabor entero en cada una de sus fragmentos de realidad.

Con la palabra decimos y con la palabra traducimos, incluso el silencio, hasta acercar los bordes de lo inefable. Cada vez que sentimos la precariedad del vocablo pulsador, sobre la endeble y limitada expansión del idioma en que vivimos, se nos revela su falta o impropiedad, y nos atrevemos a declarar en palabras la carencia que nos embarga. Quiero decir que, en este sentido, el vivir humano jamás se encuentra completamente desprovisto de la posibilidad de ahondar y declarar, desde los albores hasta los ocasos, nuestra pertenencia a la patria de un idioma en el que tenemos noticias de lo íntimo y accedemos a franquear la soledad para tornarnos seres comunicables.

La literatura es una palabra habitada y habitable de lo humano. Distintas facetas e innumerables matices suyos avisan de que el género humano cuenta, a través de los siglos y en cada cultura, con algunas personas especialmente dedicadas a transformar las herencias en síntomas, la desdicha en intensidad, el anhelo en hallazgo o extravío, lo pequeño y olvidable en resalte significativo.

Como todo artista, el escritor busca alcanzar la forma plena, colmada de una necesidad como es la de tornar visible lo recóndito y compartido aquello que naciera solitario, para alzar testimonio y prolongar las huellas de un peregrinaje ineludiblemente breve. Su actitud puede ser la de oír la voz propia en la noria insondable del íntimo pecho, o el de atender a las venturas y desventuras de quienes siente sus coetáneos, sean éstos próximos o de otras edades, así como también sea la reflexión actitud predominante, el recuerdo, o el establecimiento de un diálogo para escuchar los modos contrapuestos que rigen las existencias.

Pero los libros son más que una pertenencia de autoría. Unos y otros, unos con otros, inician una trama de énfasis y de perspectivas que acaba por hacer imprescindible su registro. Es entonces cuando interviene ese servidor del trabajo ajeno que, como Maximino Fernández Fraile, enriquece la memoria colectiva cuando emprende la paciente tarea de ordenar comprensivamente etapas, tendencias, nombres, datos innumerables de un quehacer que, sin su concurso, terminaría por desdibujarse en la vaguedad primero, y en el olvido engullidor, después.

¿Cuál es la magnitud del trabajo que su autor entrega en Historia de la Literatura Chilena?

Para valorarlo, debemos tener en cuenta que una obra tal es imposible de realizar con el solo impulso del querer. Es preciso saber mucho, aceptar los tonos variopintos de las letras, y aplicarse con paciencia de estudioso medieval al examen de unos y de otros. En este caso, a lo largo de las 812 páginas que abarcan los dos tomos, el autor expone una larga trayectoria de épocas, escritores, obras y formatos. Es así como hospeda palabras originarias nativas y manifestaciones castellanas. A través de esas fuentes iniciales más directas de Chile, se ha expandido el espíritu de la Nación. Necesario, muy necesario, su ordenado entusiasmo, habida cuenta de las inolvidables páginas nacidas al compás de la sensibilidad creativa y de la pasión puesta en lo vivo, las cuales constituyen frutos de alto valor con sólo escrutar los escritos literarios en Chile.

Atento al acontecer incesante de recientes publicaciones, nuestro estudioso pesquisa los nuevos derroteros y los ilimitados cambios con que aporta el vivir, los libros y el amanecer de nombres que se incorporan a la cita literaria. Esa atención se sirve de la prensa escrita, de la renovada bibliografía y de los noticias de viva voz que pueden entregar autores y bibliófilos.

Obra inacabada e inacabable, esta Historia de la Literatura Chilena publicada por Editorial Don Bosco, en su tercera edición--también le pertenecen las anteriores--, fue concluida a fines de 2007. Desde entonces, algunos fallecimientos y la publicación de otros libros declaran la incesante vida en las aguas del gran río de las letras, vida que no alcanza a ser compilada, simultáneamente, en las páginas de libro alguno.

Aparte de la introducción, seis partes conforman esta obra mayor. Escribo losnombres de cada una porque, de suyo, son un acierto: I. Del tiempo de los dioses al Reino de Chile; II. El paréntesis independentista y la irrupción romántica; III. Los nuevos caminos: búsquedas y encuentros; IV. La otra realidad; V. Una tendencia compleja; VI. El futuro comienza a vislumbrarse.

La nominación de cada una de las grandes secciones de esta Historia se ordena a base de 20 capítulos, en total. Asimismo, una vasta y prolija bibliografía ilustra acerca de la dedicación y seriedad con que el autor respalda su investigación. Lamentablemente, las nutridas páginas informativas no pudieron ser acompañadas de material iconográfico.

Maximino Fernández es, en la actualidad, el único que se ha atrevido a acometer una tarea tan ardua y abundosa, en nuestro medio. No creo que exista otra persona que lo intente. Difícil pensar en una iniciativa tal de alguien que ejerza la docencia llamada superior. Hoy en día, los profesores universitarios de literatura se afanan por otras disciplinas, incluso las más exóticas, pero serviciales, al parecer, para hablar de identidad, o bien, allanan su talento en las especialidades de turno. Personas pacientes y tesoneras en sus labores así como lo es nuestro autor, pertenecen a convicciones que ahora no están de priva. Tampoco alienta en los más el anhelo de contribuir a un panorama ni a dilatar horizontes. El rincón del desván pretende atención exclusiva. En suma, pienso que el de nuestro amigo corresponde a uno de los últimos empeños individuales de un compendio histórico-literario mayor, entre nosotros.

Su Historia se incorpora a una nómina de libros semejantes. Recordamos: La literatura de Chile (1941), escrita por Mariano Latorre; Historia personal de la Literatura Chilena (1954), de Hernán Díaz Arrieta; Literatura Chilena Tomo I (1959), de Francisco Dussuel; Breve historia de la Literatura Chilena (1956), debida al estudioso Arturo Torres-Rioseco; Panorama literario de Chile (1961), de Raúl Silva Castro; Literatura Chilena del Siglo XX (1967), perteneciente a Fernando Alegría; Historia de la Literatura Chilena (1967), por Vicente Mengod; y aquella presentada por Editorial Zig-Zag, en 62 fascículos, en 1984, fruto del saber de varios autores, entre quienes destacó, también, Maximino Fernández. En una línea complementaria, pero diferente, menciono el Diccionario de la Literatura Chilena (tercera edición, 1997), de nuestro amigo Efraín Szmulewicz.

Existen libros interesantes dedicados a períodos, autores o formatos literarios determinados, muy valiosos y serviciales, pero no corresponden al tenor de un libro como el que comentamos.

Como toda historia, la de Maximino Fernández se alimenta de una forma de periodización. El tipo escogido corresponde a la generacional. Se atiene, pues, a la que tuviera origen en Ortega y Gasset, posteriormente aplicada por el profesor Cedomil Goic y por otros estudiosos en materias de historia literaria.Esta posición clasificatoria consiste, grosso modo, al período de nacimiento generacional, de quince años y, pasados unas tres décadas, a otros quince de vigencia. A ello agrega los rasgos fundamentales de visión de mundo y modo de presentación de la realidad. Sin embargo, el ordenamiento cronológico lo acompaña de la necesaria separación de las letras chilenas en tres grandes formatos: lírico, narrativo y dramático. Cada uno muy bien representado por autores y textos significativos. Cierto, se echa de menos el género de ideas que reúne ensayos y otras aproximaciones como son: estudios, crítica y bibliografía; lo mismo que el memorialístico, muy generosamente representado en nuestro país.

No se crea que el autor los desconozca; las abundantes notas y citas de apoyo que nutren las páginas de esta Historia confirman lo contrario de una suspicacia tal. Comprendemos que la ingente presencia de los formatos o géneros tratados por él copan las posibilidades de tiempo personal y de registro, así como la eventualidad de mentarlos, incluso con levedad, pues aumentarían estas páginas a más del millar, número imposible para el esfuerzo de un editor. Subsana, en parte, dicha ausencia al incorporar los títulos de libros ajenos a la índole dominante de los escritores. Es así como los dramaturgos, por ejemplo, aparecen al frente de la debida autoría dramática como respecto de obras clasificadas en otros formatos.Con todo, otros libros suyos acuden a complementar este de que tratamos. Sus trabajos monográficos y, sobre todo, Crítica literaria en Chile, publicado por este mismo sello, en 2003, cumplen dicho cometido.

Por demás bien nutridas de informaciones los panoramas concernientes a la historia chilena. Expone con sereno espíritu los acontecimientos y hechos sobresalientes que conformaron, en su hora, el ambiente y la atmósfera donde nacieran y se desarrollaran las consiguientes modalidades literarias. No menos acertadas lacombinación de datos bio-bibliográficos y la apreciación que le merece el tono dominante de los escritores o, cuando menos, algunos de los escritos de cada uno. Es así que, al presentar a los poetas, suele acompañar la noticia personal con citas de poemas. Forma esta de asomar y de interesar más vivamente al lector. Este procedimiento habla a las claras de la índole y disposición adoptada por Fernández al elaborar su trabajo. El carácter de estudioso lo enriquece con la devoción de competente lector. El necesario dato se anima del gusto selectivo. Así, junto a informes y explicaciones tan propios de un libro de consulta, regala algunos visos antológicos muy apreciables.

Más amplios desarrollos obtienen los autores clásicos, como es de suponer. La multiplicidad de nombres en las últimas décadas y lo enmarañado de los influjos culturales importados, tanto como las numerosas búsquedas creativas, desaconsejan exámenes más dilatados y categóricos en el espacio de una Historia. A pesar de ello, existe una virtud sobresaliente en estas páginas: la de sentar con claridad la existencia de varias tonalidades temáticas y estilísticas, las que nacen y se desarrollan simultáneamente, si bien deba reconocerse que algunas conquistan adhesiones más altas y el respaldo del gusto más frecuente. Este rasgo es importantísimo. La angostura geográfica tiene, entre nosotros, su correlato en los limitados espacios de aceptación para escasas obras y nombres. Parece que estamos condenados a admirar a pocos. No concebimos con facilidad la existencia de variadas líneas tonales creativas.

Pero hay algo más. Historia de la Literatura Chilena acoge el quehacer y el aporte de las más recientes generaciones en el capítulo postrero: “El futuro comienza a vislumbrarse”, complementando así la perennidad de nuestros fundadores y de nuestros clásicos con una presencia selectiva de los novísimos. Esto regala un sentido de actualidad a la obra. Ayer, presente y mañana exponen facetas y pormenores de este ejercicio de ser que es la palabra literaria: presencia creativa y polémica en medio de los desajustes históricos y de los reclamos, sueños y respuestas con que hombres y mujeres labran, en el fluir de la gran tradición del idioma español, las inquietudes y discordancias, los efluvios admirativos y las proposiciones que anuncian y denuncian la precariedad y la esperanza en la conjugación de vivir.

No podríamos sino agradecer a Maximino Fernández Fraile, y a Editorial Don Bosco, este panorama literario tan necesario, que nos ayudará a vernos vivir los énfasis y ocupaciones con que nuestros escritores, en sus timbres y tonos personales, le han dicho presente a lo humano, porque en el trato y conocimiento de sus palabras es posible enterarse—hacerse más entero—en esa condición de ser herederos e innovadores, como lo es toda tradición en la que debe cimentarse una auténtica literatura.

La visión enteriza brindada por esta Historia invita a ser consultada por muchos; complementada por algunos y reconocida de todos.

 

Juan Antonio Massone del C.

Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación

Santiago, 2 de abril, 2008