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El octogenario escritor y ex senador se adjudicó

Volodia Teitelboim: “Más vale tarde que nunca”

Sábado 31 de agosto de 2002

 

 

 

 

“Nunca es tarde si la dicha es buena...Y es bastante buena”, comentó el feliz ganador del Premio Nacional de Literatura 2002. 

Foto: Héctor Ruz

 

Según la ministra de Educación, el premio es un reconocimiento al “profundo humanismo” y “excelente manejo del idioma” del autor.

 

Escritores tan diversos como Jaime Collyer, Armando Uribe, José Miguel Varas (en la foto) y Gonzalo Contreras coincidieron en que la decisión del jurado fue acertada.

 

En una decisión unánime que sólo tomó diez minutos, el jurado presidido por la ministra Mariana Aylwin dejó en el camino las ilusiones de Isabel Allende y Antonio Skármeta.

 

 

 

“Por milagro se le ha dado este galardón a la calidad, la capacidad y a una larga vida, enteramente ocupada por valores que ha mantenido con coherencia”, opinó ayer el escritor Armando Uribe al enterarse de que su veterano colega Volodia Teitelboim había obtenido el Premio Nacional de Literatura, distinción que, este año, tuvo una de las ediciones más controvertidas de su historia.

 

En el camino quedaron Isabel Allende, Antonio Skármeta y Hernán Rivera Letelier, autores que, dentro de la decena de postulantes que se presentaron en esta oportunidad, llegaron a ser los candidatos con mayor figuración a nivel mediático y que -por su calidad de creadores de best sellers- habían generado todo tipo de anticuerpos en gran parte del mundo literario.

 

Los miembros del jurado -que se reunieron a deliberar ayer, pasadas las 15.45 horas, en el Ministerio de Educación- necesitaron sólo diez minutos para concluir por unanimidad que el octogenario ex senador del Partido Comunista era el triunfador. Con ello, el autor pudo sumarse también al éxito de su hijo, el físico Claudio Teitelboim, quien obtuvo el Premio Nacional de Ciencias Exactas en 1995.

 

“Más vale tarde que nunca, pero nunca es tarde si la dicha es buena... Y es bastante buena”, declaró el galardonado tras conocer el anuncio del jurado, que fue presidido por la ministra de Educación, Mariana Aylwin, y que además estuvo integrado por el rector de la Universidad de Chile, Luis Riveros, el poeta Raúl Zurita (ganador del premio en 2000), la académica de la Universidad de Playa Ancha, Marcela Prado, y por Alfredo Matus, representante de la Academia Chilena de la Lengua.

 

Según Mariana Aylwin, “éste es un reconocimiento a su larga trayectoria de escritor en distintos

términos, poeta, ensayista, biógrafo, periodista, y novelista, con un excelente manejo del idioma y también por su profundo humanismo, identificado con la historia, la cultura y el pueblo chileno”.

 

 

 

 

Fui postulado en varias oportunidades y conozco por lo tanto el otro lado de la moneda: la decepción. Pero esta decepción nunca me paralizó.

 

 

 

Al recibir su premio (que contempla una recompensa monetaria de 17 mil dólares, a lo que se agrega una pensión vitalicia de unos 800 dólares), Teitelboim aludió a las soterradas disputas que el galardón generó entre ciertos candidatos -Isabel Allende entre ellos- que manifestaron abiertamente su deseo de obtenerlo a como diera lugar: “En Chile hay mucha gente digna del Premio Nacional de Literatura, y esta es la realidad fatal de los premios, que se premia sólo a uno”.

 

Consciente de las heridas que su triunfo va a dejar en algunos candidatos que se creían en ventaja gracias a sus éxitos de ventas, el escritor dedicó algunas palabras a quienes deberán seguir esperando por su trofeo.

 

“Fui postulado en varias oportunidades y conozco por lo tanto el otro lado de la moneda: la decepción. Pero esta decepción nunca me paralizó. Al día siguiente volví al trabajo, porque para mí lo más importante es cumplir con la vocación literaria y con el deber de tratar de interpretar algo de la vida de nuestra gente del pueblo”, dijo el nuevo Premio Nacional de Literatura.

 

Aprovechando su estelar tribuna, Teitelboim recogió también una inquietud que ha sido manifestada por quienes critican la forma en que se entrega el galardón: “Aquí en Chile se premia a un poeta cada cuatro años, en circunstancias que hay muchos poetas dignos de premiarse” indicó, refiriéndose al carácter bienal de la distinción y a la ley tácita que establece que el reconocimiento debe otorgarse en forma alternada a narradores y poetas.

 

 

Monumento vivo

 

En el medio literario, las reacciones han sido positivas, pero no excesivamente entusiastas, lo que confirma que el premio ha sido otorgado como homenaje a un autor cuya obra destaca más por su extensión que por su pasión y vértigo creativo.

 

“Creo que Volodia tiene méritos como cronista y memorialista más que suficientes, y algunos menos como narrador y ficcionador” comenta el escritor Jaime Collyer, quien considera que la del jurado fue una opción “razonable”.

 

“La trayectoria se refleja en la vida cívica de un individuo, y él fue dirigente político. Eso es parte de la trayectoria que hay que considerar, porque los escritores juegan un papel dentro de la contingencia. A mí me gustaría un premio más estrictamente literario, pero aun así me parece bien la decisión”, admite el autor de “Cien pájaros volando”.

 

Más motivado se muestra Armando Uribe, quien aprueba la decisión pese a que, según confiesa, no tenía la menor confianza en el jurado, porque éste sólo contemplaba a un escritor entre sus integrantes. “Creo que la Ministra y los rectores merecen que les digan pasteleros a sus pasteles, y que no deben meterse en la literatura, porque ésta les excede. Enhorabuena han inclinado la cabeza ante la opinión de numerosos literatos”, comenta.

 

Acerca de los méritos literarios de Teitelboim, Uribe estima que el premiado posee una respetable e interesante trayectoria en las letras nacionales. “Sus biografías de escritores chilenos son obras duraderas, y su novela experimental ‘La guerra interna’ tiene verdadero interés”, asegura el autor de “A peor vida”.

 

Según la crítica literaria Patricia Espinosa, la premiación ha sido “justa”. “Volodia tiene una trayectoria que no se puede desconocer, y que ni siquiera merece comparación con el resto de los nominados, porque él era lo mejor de la selección y constituye un monumento vivo de la historia literaria chilena”, afirma la especialista, quien en los últimos días ha levantado polémica al sugerir la eliminación de un galardón que, pese a su trascendencia, es dirimido por un jurado que, a su juicio, dista de ser idóneo.

 

También el escritor Gonzalo Contreras manifestó su conformidad con la distinción otorgada a Teitelboim: “De entre los candidatos, mis opciones eran, claramente, José Miguel Varas y Volodia, así que creo que el premio hace justicia a la larga trayectoria de un hombre de letras en estado puro, que, dentro de su cuarteto de biografías, ha entregado dos que son notables”.

 

El escritor José Miguel Varas, quien estuvo entre los autores que en esta ocasión quedaron en el camino, se declara “muy alegre” ante el resultado. “Vengo leyendo a Volodia desde hace más de medio siglo, y a lo largo de los años he aprendido mucho de él, sobre literatura y sobre Chile. Él tiene una infinita capacidad de hacer literatura en el ensayo, para vincular la obra literaria con las circunstancias político-sociales”, señala.

 

Para el crítico literario Rodrigo Pinto, el longevo Teitelboim es “un testigo privilegiado del conflictivo siglo veinte. Su obra ensayística y sus memorias, de las cuales aún falta un volumen, justifican el reconocimiento que ha recibido”.

 

 

 

Cosas guardadas

 

La extensa obra literaria de Volodia Teitelboim -quien nació en Chillán en 1916- está compuesta principalmente por novelas y ensayos. Aunque sus relatos “Hijo del salitre” y “Pisagua, la semilla en la arena” -obras escritas entre los años cuarenta y cincuenta- figuran entre sus novelas más conocidas, el autor ha desarrollado una prolífica obra desde 1990. Así, durante la pasada década entregó sus celebradas biografías de Gabriela Mistral, Vicente Huidobro, Pablo Neruda y Jorge Luis Borges.

 

En los últimos años, Teitelboim ha comenzado también a publicar su propia biografía en una serie de volúmenes que, gracias a su prodigiosa memoria, le han permitido elaborar una completa descripción del Chile del siglo veinte. Recientemente, también publicó “Noches de radio”, una recopilación de las crónicas que difundió, a través de Radio Moscú, durante el largo exilio que vivió en la ex Unión Soviética.

 

Su compromiso con el comunismo le significó a Teitelboim muchos años de ostracismo literario, al punto de que todavía hoy muchos recelan de su condición literaria, como el escritor Roberto Bolaño, que hace varios días lo calificó a él y a Antonio Skármeta de “funcionarios natos”.

 

La decisión de alejarse de la política y entregarse definitivamente a la literatura fue para Teitelboim un acto racional y consciente. “Sentí que tenía muchas cosas guardadas y que debía entregar”, señaló, y así comenzó con un genuino mea culpa y reivindicación de Gabriela Mistral, a quien había omitido de su legendaria compilación “Antología de la poesía chilena nueva’’, que publicó en 1935, cuando sólo tenía 19 años.

 

 

 

 

 

 

Un amor juvenil

 

En más de una ocasión Volodia Teitelboim ha declarado que la política es su esposa y la literatura un amor juvenil que sólo pudo retomar una vez aquietadas las aguas de la resistencia política. Conviene recordar esta declaración cuando el autor es condecorado con un premio que se supone distingue a quienes “han consagrado su vida a la literatura”. Porque uno tiende a pensar que la literatura es más bien una amante exigente que jamás soportaría tanta postergación. Uno tiende a pensar que la literatura no es un hobby.

 

Es cierto que Armando Uribe y Gonzalo Millán son poetas, y que en esta ocasión se ha decidido que Chile es país de narradores. También es cierto que Roberto Bolaño “no se postuló” y que, de los postulantes, Teitelboim -acaso con la excepción de José Miguel Varas- era la opción más decorosa. Pero habría que usar demasiadas comillas y muchos paréntesis para explicar que el Premio Nacional de Literatura ha recaído en un escritor que no hace literatura.

 

Por Alejandro Zambra