EL PATRIARCA
“Antes de morir es vital conocer los extremos”, es la frase favorita que Don Froilán, repite para sí, apenas la vida lo enfrenta a los polos. Como aquella vez, cuando decide dejar la ciudad, con la juventud a su favor, e invierte todos sus ahorros en un par de miles de hectáreas, que por ser del fisco, no valen nada, menos aún, por lo inexpugnable.
Pero esto a él le da lo mismo, y a pesar de los malos augurios, igual se embarca, decidido. Aún más, cuando recibe de ayuda; un toro, un par de vacas lecheras, una yunta de bueyes, algunas herramientas, y los buenos deseos de las autoridades, que por dentro se ríen, y por fuera, en su pecho, lo condecoran.
Su misión, al principio, parece imposible, pero cuando se termina de construir el camino, y luego llega el primer tranvía, resulta que su esfuerzo ya no es tanto, todo se traduce, tan solo, en un muy buen negocio. Claro, porque sin darse cuenta, al poco tiempo el par de vacas regresan desde las montañas transformadas en miles, y los bueyes mágicamente se multiplican cada vez más fornidos, los que se hacen insuficientes para sacar la madera, y luego extender las siembras por todo el valle, que de tan fecundo apenas requiere semillas.
Así, ya nadie discute la visión que Don Froilán tuvo de esta tierra, ni de su olfato para hacer negocios. Porque cuando alguien quiso instalarse con un almacén, él ya lo había edificado para arrendárselo. Todo suyo, tan gigante como sus tiendas de género, o sus expendios de alcohol.
Increíble, no fue necesario realizar un estudio ambiental para construir el primer molino de la región, y nadie le infraccionó cuando desvió los ríos, ni cuando prendió fuego a los escombros, y las llamas se arrancaron por meses, devastándolo todo.
Por cierto, los primeros años Don Froilán pagaba con alimentos a sus trabajadores, y sólo cuando decide instalar un banco es que resuelve entregarles un sueldo.
En aquella época, época de aventuras, el mismo año que Don Froilán deja la ciudad en busca de riquezas, otro aventurero también hace lo mismo, apostándolo todo. El que avanza desde el otro extremo, tan decidido a la conquista, que no es novedad, al poco tiempo le empate en bienes. Duplicando su avaricia, mientras más consigue.
Así, desde el principio, cada uno sabe del otro, tanto como la necesidad de entenderse el día que sus intereses se crucen, pues comprenden que la disputa entre ellos sólo traerá inconvenientes. Entenderse, de la misma forma que lo hizo su primera yunta de bueyes, apenas se enfrentaron al bosque para doblegarlo. Porque ambos están decididos a desafiar al que sea los enfrente, pero no entre ellos, que conocen la siembra desde que era un pantano, y han soñado cada rincón hasta transformarlo en su imagen.
De esta forma, los dos terratenientes cuando se encuentran, en mitad de la nada, de tan sólo mirarse promueven un pacto inconfesable, resolviendo unirse para siempre de la forma más extraña conocida, esto es, construir la ciudad justo en el límite que divide sus propiedades.
Para esto, establecen un espacio común, como el origen de todo, donde además han acordado reunirse a futuro para resolver sus diferencias, cada vez que éstas aparezcan.
La idea es recordar por siempre la buena voluntad y el respeto que se han jurado. Es por esto que acuerdan adornar este espacio con flores, dejando como recuerdo los árboles milenarios, colmándolo de bancas, y permitiendo que cualquiera repose en ellos, para confundirse.
Esta vez, incluso respetando la vida de las aves que diariamente la visitan, buscando el pan y llevándose el polen.
- ¿Y qué nombre le pondremos?-. Consulta Don Hermias intrigado.
- Me gustaría llamarlo París, o Londres-. Responde Don Froilán con los ojos plagados de sueños-. Pero como esos nombres ya existen, la verdad no me interesa otro-. Asegura.
Don Hermias que se queda pensando, al par de vueltas, le da la razón, y a pesar de que a él le gustaría llamarlo Madrid, en honor a sus padres, al final nada resuelven.
Ordenados así, en su ciudad sin nombre, la primera carrera que les enfrenta es construir la iglesia del pueblo, o más bien, la parte del pueblo que les toca. Por cierto al menos un centímetro más alto que la del otro, esperando levantarla en tiempo record, para anticiparse en súplicas y bendiciones.
Desde entonces los dos terratenientes no han parado, buscando siempre cada uno adelantarse al otro, en altura y proyectos, sin importar el esfuerzo ni las argucias requeridas. Consiguiendo con el tiempo que esta disputa casi infantil, le permita a la ciudad disfrutar como ninguna otra de los avances que la tecnología trae cada vez más reiterada.
De este modo, con su fama ya disparada, Don Froilán hace una pausa en su galope, e invita a conocer sus propiedades a la niña más hermosa y distinguida de la capital, precisamente en el primer viaje que realiza el tranvía a este nuevo reducto, que de tan veloz la máquina, los acerca a su feudo, como si estuviera al lado.
Desde aquel momento, y apenas visto el mar, una estela lunar les atrapa, para nunca separarlos. Así, Josefa, como se llama la muchacha, recién dado el sí, se dedica por siempre a construir su familia, apoyando desde la conversación de la tarde todos los proyectos de su esposo. Mientras que él no se cansa de sumar territorio y levantar propiedades, como si desde siempre, cada uno en lo suyo, estuviese destinado a aquello.
Todo bien si no fuera porque a Don Froilán le fascina visitar los extremos, inventándoles cuernos a los ángeles. Claro, porque después de la misa, se paga los arriendos atrasados con el favor de sus locatarias. Y mientras acaricia a su hijo, maquina la forma de echar por tierra los sueños de los que aspiran ser algo más que peones.
Don Froilán es un Señor, su esposa lo idolatra, y su único hijo Manuel le admira, no hay sueño más grande en su vida que seguir su ejemplo. Todo aquél que camine por su lado del pueblo, se flecta a su paso, porque Don Froilán ha desarrollado el arte de hacer el mal sin ser descubierto, y en ocasiones el bien, precisamente cuando todos le observan. Podría ser alcalde, diputado, y hasta senador, si quisiera, pero no, él prefiere financiar campañas, y luego cobrarse, sutil o desvergonzadamente, todo depende de como amanezca.
Sin duda no es fácil cargar con tanta hipocresía, más aún cuando Don Froilán hace y deshace sin dejar huella, compartiendo sus fechorías apenas con quienes, igual que él, sólo quieren ocultarlas. Por lo que su conciencia se llena de excremento, y ni el cura elegido le puede liberar, de tan reservado.
Mas, como Don Froilán se ha pasado la vida pensando en todo, este tema ya lo tiene resuelto, y sólo es necesario que su hijo Manuel cumpla la mayoría de edad para traspasarle de un chasquido su experiencia y crueldad. Las que de tanto peso, ya no soporta, y necesita dejarlas caer sobre los hombros de su primogénito, el elegido, ahora que lleva el pelo cano, y el caminar acompasado.
No hay otro, su hijo Manuel, el único heredero, debe apresurar los años, y recibir las palabras del padre como si fuera su verdadera fortuna.