En un destino turístico que desde la perspectiva de la industria turística es,
sin duda exitoso por sus tasas anuales de crecimiento de turistas, por la frecuente
construcción de nuevas habitaciones hoteleras, de restaurantes y locales de
diversión y entretenimiento, allí un par de niños juega distraídamente en la playa.
Parecen estar divirtiéndose pero tienen una preocupación que ha ido creciendo
desde que el ruido de las máquinas y las faenas de construcción se apoderaron
de su pequeña aldea costera. Esta preocupación de la cual no pueden liberarse
desde hace un tiempo, tiene su origen en manifestaciones concretas: sus familias
ya no son las de antes, ahora sus respectivos padres casi nunca están en
casa, deben trabajar en lo que pueden, suelen estar malhumorados en el escaso
tiempo que comparten con ellos, ya no comparten ni realizan excursiones para ir
de pesca o explorar playas cercanas. Ahora se han vuelto aficionados al alcohol
y quizá a algunas drogas que, dicen, abundan a bajo precio en el pueblo. Es el
progreso, aseguran otros. Sus madres tienen que trabajar desde el amanecer
hasta el atardecer en los grandes hoteles, llegan a casa con evidente cansancio.
La familia se ha ido distanciando hasta el punto de parecer extraños entre ellos.
Pero la comunidad también se ha dividido entre los que apoyan el turismo y quienes
lo rechazan. La división, las peleas y disputas han aumentado volviéndose
episodios frecuentes en una comunidad que antes era solidaria. Hay días en
que la comida escasea, razón por la cual hay que salir a buscarla fuera de casa,
para esto es preciso hacer diferentes actividades: vender diversos artículos en
la playa, cantar a los turistas, cuidar y lavar automóviles, guiar a los visitantes y
contarles historias inventadas, y llevar bolsas del supermercado para ayudar a
los clientes, por ejemplo. Antes de que vinieran tantos turistas eso no sucedía;
los niños reían más y disfrutaban de la playa, corrían alegremente por el pueblo,
y algo que actualmente no sucede, se conocían entre todos. Ahora se les dificulta
ir a la playa también, pues hay una barrera de hoteles y los accesos son difíciles,
todos los espacios están invadidos por turistas, gente diferente que los hace
sentir como si ellos, los niños, fueran los extraños, los visitantes, los afuerinos.
Estos turistas tienen costumbres que no comprenden, se divierten toda la noche,
gritan y escandalizan incluso en la vía pública, a cualquier hora; cuando los niños
van a la escuela tienen que hacerlo de manera rápida y casi escondiéndose
porque las calles, sus calles, suelen estar transitadas por grupos que vociferan
en idiomas extraños y toman cerveza y alcohol desde muy temprano. Son intimidantes.
Estos niños, además de tener dificultades para ir a las playas, también
recorren con aprehensión su barrio y sus calles. Peor aún, si antes vivían cerca
de la playa, ahora sus casas están lejos de ellas, tierra adentro, porque los hoteles,
restaurantes y centros de diversión se apoderaron de los espacios donde
estaban sus casas. Gran parte de la comunidad tuvo que ser relocalizada para
que los hoteles y comercios que llegaron con el turismo ocuparan los mejores
predios, frente al mar. Los programas de compensación que se pusieron en práctica
para beneficiar a los residentes locales sólo operaron por un tiempo, luego
se desvanecieron al igual que las promesas de prosperidad que trajo consigo el
turismo. Los cursos de capacitación que recibieron los pobladores locales, con
la finalidad de facilitar su inserción laboral en el nuevo sistema productivo, fueron
de escasa utilidad. A la gran mayoría de ellos el turismo no los ha sacado de la
pobreza; a muchos los ha marginado aún más.
Un turismo que no toma en cuenta a la comunidad genera grandes sacrificios
en el orden moral, espiritual y material en los integrantes de las comunidades en
que se instala. Produce división social, desplazados en lugar de emprendedores,
genera cesantía, trabajo eventual y obliga a las instituciones públicas a intensificar
sus programas asistencialistas para hacer frente a los desequilibrios y
desigualdades. Así es como una economía patriarcal y concentradora de los beneficios,
como es el caso de la que trae consigo la industria turística, desempeña
un papel gravitante en la sustitución de algunos problemas por otros aún más
graves y profundos desde la perspectiva de la comunidad. Así es como genera
externalidades negativas.
Allí, a ese pueblo costero – como a tantos otros - un día llegó el turismo con su
promesa de progreso, de mejores trabajos y de sueldos más altos, de oportunidades
diversas, de provisión de agua potable domiciliaria, drenaje, alumbrado público
para la comunidad, servicios que prácticamente no se conocían. Sin embargo,
en la medida en que el turismo industrial se consolidaba la mayoría de los pobladores
fueron marginados poco a poco; muchos ya no pudieron siquiera realizar sus
actividades habituales, que si bien eran de subsistencia, al menos le ofrecían la
seguridad de proporcionarles diariamente manutención para ellos y sus familias.